Aquí no se piensa

POR MAURI BADRA

Por algún extraño motivo que en parte aún desconozco, cuando recorrimos Bolivia rumbo hacia el norte, pasamos por alto una de las ciudades más importantes en la historia de esa nación y de todo el continente latinoamericano. La gran ciudad de Potosí.

No es precisamente falta de curiosidad lo que provocó que la dejásemos atrás sin ni siquiera visitarla. Estaba incluida en nuestra hoja de ruta, sin embargo, nos apremiaban las ganas de festejar Año Nuevo y sumergidos en la vorágine de las fiestas, elegimos como destino un lugar donde sabíamos que habría más movimiento, partimos en bus desde Uyuni hacia La Paz sin escalas.

Lo que no sabía en ese momento es que unas semanas después, me tocaría volver hacia el sur y que en el camino de regreso a casa, concretaría mi visita a Potosí, esta vez ya en absoluta soledad y sin la compañía de un amigo con el cual compartir la experiencia.

Potosí es una ciudad ubicada a casi 4100 metros de altura sobre el nivel del mar, que alguna vez supo ser la ciudad más rica de todo el mundo, sin exagerar. Este hecho se debe a las abundantes cantidades de Plata, Oro y metales preciosos que hubo incrustados en las profundidades de su majestuoso Cerro Potosí, el cerro rico, ferozmente codiciados durante la época colonial.

Hoy sólo quedan antiguos vestigios de aquella magnífica ciudad, a causa de la mortífera explotación y violenta extracción de recursos que recibió el Cerro a lo largo de tantos años. Se estima que entre 1503 y 1660 se extrajeron entre 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. Si, leíste bien, 16 millones de kilos.

No obstante, cuando se acabó la leche, nadie quiso hacerse cargo de la vaca. Con el pasar de los años, la riqueza y los diamantes se fugaron vía marítima cruzando el charco y Potosí pasó de ser el tesoro más preciado por las potentes naciones del Viejo Continente a convertirse en una simple ciudad boliviana olvidada en las alturas de forma paulatina, la ciudad que más dió al mundo y la que menos tiene.

Según cuentan los relatos del gran escritor Eduardo Galeano, en el histórico libro “Las venas abiertas de América Latina”, el Cerro Potosí lleva su nombre por la palabra quechua Potojsi, que significa “Truena, revienta, hace explosión”. Anteriormente era conocido como Sumaj Orcko. Muchísimo tiempo antes de la conquista, el tesoro fue descubierto por los pueblos originarios. El Inca Huayna Capac quiso ofrendar el Oro y la Plata a los Dioses, pero al clavar los picos en sus paredes el monte emitió un gran explosión proveniente de sus entrañas. Los nativos huyeron. Creyeron que esas riquezas estaban guardadas para “los que venían del más allá”.

En uno de los primeros capítulos del libro mencionado, Galeano dedica un particular interés a la intervención colonial española en América Latina, donde el Potosí tuvo un papel crucial para la historia del continente. El capítulo es llamado “Fiebre del Oro, Fiebre de la Plata” y en él Galeano nos habla de los saqueos acontecidos en la época de la conquista y plantea la metáfora, sabe quién si será real, acerca de cómo se podría construir un puente completamente con la Plata extraída que cruzase el Océano Atlántico desde la cima del Potosí hasta la mismísima España.

Las enseñanzas de nuestro querido vecino Eduardo, nacido en la República Oriental del Uruguay, lugar en el que también se despidió físicamente de este planeta, me acompañaban en mi viaje. Era la primera vez en mi vida que leía ese tan famoso y reconocido manuscrito. Libro que hoy en día, es aún más oportuno y práctico para los tiempos en que vivimos, que en las décadas en las que fue escrito. Recomiendo fervientemente su lectura a cualquier persona que se interese saber un poco más acerca del porqué los países en desarrollo de América nunca llegaron a ser desarrollados y quizás, nunca lo logren.

Aproximadamente un mes después de dejar La Paz, habiendo conocido lugares absolutamente fantásticos entre ellos Copacabana, Isla del Sol, Coroico, Uyuni, en Bolivia y Cuzco, Machu Picchu, Lima, Huacachina, Arequipa, en Perú; volvía por tierra camino a casa hacia Argentina viajando completamente sólo.

Con mi amigo y compañero del viaje, tomamos la decisión de seguir cada uno su camino. Si bien no era la primera vez que viajaba solo, me había acostumbrado al trabajo en equipo y la bifurcación de caminos fue más difícil de lo que esperaba. Aún así, con buenos ánimos decidí encarar la vuelta y tenía un solo destino en mente, Potosí. No quería dejar escapar la oportunidad de conocer una de las ciudades más altas sobre el nivel del mar del mundo entero.

Todo el viaje me había quedado con una sensación de espina clavada y me generaba una intensa carga emocional saber que conocería ese lugar que había ganado terreno en mis pensamientos. Debía visitarlo para conocerlo desde mi propia perspectiva.
Supongo que en mi cabeza retumbaban las palabras de ese libro, seguramente no estarías leyendo este relato en este momento de no ser así.

Llegué a Potosí de madrugada y todavía no asomaba ningún tímido rayo de sol. La vida nocturna era nula, todos los hostales permanecían con puertas cerradas y candados e incluso la plaza central estaba totalmente desierta. No había un alma en las calles, lo que automáticamente me recordó mucho a Cuenca en Ecuador, donde había vivido una situación similar un año atrás.

La ciudad comenzaba a iluminarse de a poco, mientras caminaba sin suerte intentando conseguir algún lugar donde quedarme. El amanecer se filtraba a través de la espesa nubosidad habitual a causa de su altitud, postal que se repetiría con el paso de los días, acompañado de un clima húmedo y frío. Adormecido y con mochila al hombro, me vi sorprendido al presenciar cómo un hombre intentaba robar un auto mientras unos guardias de seguridad lo descubrían. Inmediatamente me despabilé y puse mis sentidos en señal de alerta. Debía encontrar un lugar lo antes posible para poder dejar mis pertenencias,entre ellas mi preciada amiga, la cámara.

La gente comenzaba a abrir las puertas de sus hogares y/o comercios cuando encontré habitación en un hostal. El edificio ostentaba una interesante arquitectura, estaba repleto de antigüedades y atesoraba una densa energía, digna de película de terror. Así me recibió la última ciudad que visitaría de la magnífica y sorprendente Bolivia.

El primer día allí fui a comer en el mercado un exquisito menú por tan sólo 10 pesos bolivianos, de esos que los que fueron a Bolivia saben de lo que les estoy hablando. Me dirigí hacia el centro de la ciudad para encontrar alguna agencia de turismo que me lleve hacia las minas ubicadas en las entrañas del Cerro Potosí. Ansiaba conocer este sagrado lugar del que tanto había leído y entrar con un guía turístico es la única forma de hacerlo ya que en la actualidad las minas siguen funcionando y puede resultar peligroso.

Mientras íbamos hacia el Cerro no paraba de pensar en lo contradictorio que era pagar por un tour para entrar a un lugar donde hay gente que todavía está trabajando día y noche, subsistiendo con un empleo totalmente insalubre de manera casi totalmente desprotegida, me sentí un hipócrita. Una sensación similar a cuando conocí el Machu Picchu, sintiéndome un afortunado por haber visto con mis propios ojos ese milenario y tan sagrado lugar, pero a la vez, una persona más de las miles que lo visitan a diario y que de manera irreversible continuamos impactando en su estructura, medio ambiente y saturando su espíritu.

Parte de ese voraz sentir se calmó cuando decidí preguntarle al guía acerca del tema. Con total honestidad me contestó que él mismo había trabajado como minero muchos años y al renunciar, salió adelante manteniendo a su familia con el trabajo de guía al igual que muchos otros más. Aún así me quedaba la duda de saber si a los mineros les molestaba nuestra presencia o si realmente les hacía bien hablar con gente diferente de vez en cuando.

La primera parada fue en el mercado minero, ya que se recomienda tener un gesto de amabilidad para con los mineros y comprarles algunos regalos es considerado una buena idea para que los mismos se tomen a bien las visitas. Entre sus obsequios favoritos estaban las hojas de coca, gaseosas, cigarrillos y la caña de azúcar, una bebida con 96% de graduación alcohólica que probé antes de entrar a la mina y literalmente, me quemó el pecho.

No estaba permitido llevar comida, ya que podría toxificarse dentro de las minas y de ser así morirían al consumirla. Mascando coca enfilamos hacia la base del Cerro. La idea de llevarles alcohol también me chocaba bastante, era una bebida demasiado fuerte. Muchas veces los mineros ingerían tanta caña hasta perder la conciencia y se quedaban dormidos dentro de la mina, lo que resulta mortal de no ser encontrado por algún compañero. Quizás el alcohol era una forma de evadir su verdadero sentir, una forma más de esquivar algún pesar, como también solemos utilizarlo cualquiera de nosotros.

Al llegar a la base del Potosí, nos encontramos con un lugar bastante deteriorado, había unas chozas rodeadas de lodo e inmensas cantidades de basura arrastradas por pequeños arroyos de agua. También se podía encontrar algunos carros rotos y bolsas llenas de minerales listas para ser transportadas. Había muy poca señal de vida allí, apenas logré ver algunos perros en muy mal estado cobijados de la lluvia, todos estaban dentro de la mina.

Entre las pequeñas casitas se asomaban las bocas que conducen al interior de la mina y debo admitir que al ver esos agujeros negros sin fin, se me anudó por completo la garganta. Actualmente de las 460 bocas que existen, sólo están en funcionamiento 300 de ellas, las demás, están abandonadas. Algunos túneles permanecen desde la época colonial, otros fueron construidos no hace tanto tiempo atrás y se puede notar la diferencia arquitectónica al primer vistazo.

Entrar a una mina es una experiencia no recomendable para claustrofóbicos, aunque una vez dentro, las sensaciones no fueron tan terribles como realmente imaginaba. Equivocadamente creí que sentiría frío y que el aire sería espeso, pero al contrario, la ventilación era bastante buena y se podía respirar perfectamente, a la vez que el aire era mucho más cálido que afuera. Al apagar nuestras linternas, nos quedabamos en absoluta oscuridad, eso sí era un poco temible.

Nuestro guía comenzó a llevarnos por algunos pasadizos mientras conocíamos algunos mineros, todos fueron bastante amables y se notaba que les agradaba nuestra presencia, ya que algunos charlaban con nosotros para entretenerse un rato y por supuesto, antes de tomarles fotografías les consultaba si estaban de acuerdo con ello.

Ese día aprendimos algunos hechos acerca de la minería. Actualmente ya no se consigue Plata pura, solamente complejos, como por ejemplo piedras de Plata y Zinc, lo que para los españoles eran deshechos. Los mineros trabajan por cooperativa, ellos y sus familias viven del residuo del cerro. Las cooperativas mineras se organizan en 3 categorías. Socios, segunda mano y peones. Dentro de cada una de ellas los mineros se especializan en perforar o trasladar.

Durante el recorrido se escuchan muchísimas explosiones, provenientes de el derrumbe de las paredes internas, producidas con una herramienta tecnológicamente obsoleta que utiliza aire comprimido y que pesa 100 kilos. Se supone que este tipo de actividad minera no genera un impacto en el medio ambiente a comparación de la minería moderna, según lo que nos contaron, ya que es un trabajo puramente manual y no se utiliza ninguna maquinaria ni dinamita, afirmación con la que estoy en desacuerdo ya que tengo mis dudas personales al respecto. De lo que si estamos seguros es que lo que genera más contaminación es la refinería, ya que para separar metales utilizan procesos químicos altamente tóxicos, envenenando enormes cantidades de agua para ello.

El pago es jornal y los mineros sólo reciben dinero si encuentran algo para vender, es decir que si trabajan 1 día entero y no extraen al menos una piedra preciosa, no les corresponde paga. Las normas acerca de los derechos de los mineros, entre ellos su jubilación y seguro, no están del todo claros, todo se maneja de palabra. Existe una sola regla expresa por escrito y es nada más ni nada menos que el impuesto que tienen que pagar al Estado, representado por un porcentaje de sus ganancias, impuesto que amenaza con aumentar año tras año.

Caminando hacia las profundidades de la mina, encontramos a Clemente, trabajando absolutamente sólo en un rincón de un túnel, contrario a los demás mineros que conocíamos. Él es socio de una cooperativa y hasta ese momento había estado perforando 6 meses para hacer un túnel de 10 metros. Había empezado a trabajar con un equipo de trabajadores, pero como a veces sucede en la vida, no tuvo suerte. Al no encontrar resultados, los trabajadores lo abandonaron para unirse a otro grupo. Esto me resultó bastante familiar, como quizás a ti también te parezca, ya que está situación no es más que una semejanza del afuera, de nuestra sociedad. Muchas personas querrán estar a tu lado cuando todo brille, pero sólo unos pocos lo harán cuando estés en la oscuridad.

Clemente dejó de trabajar por un momento para sentarse a dialogar con nosotros, llevaba puesta una camiseta de fútbol del Milán italiano en mal estado, su rostro expresaba cierta aflicción y cansancio. Sus manos curtidas estaban llenas de polvillo al igual que toda su ropa, cada tanto una pequeña tos se asomaba desde su pecho. Nos habló de sus 5 hijos, entre ellos 2 mujeres y 3 hombres, de los cuales solamente 2 eran adultos y uno había decidido ser policía y el otro ir a la universidad.

Acá no se piensa, aquí se trabaja duro“. Me contestó en un tono mucho más serio en comparación de cómo veníamos charlando, cuando le pregunté cómo hacían para estudiar e investigar por donde hacer los túneles. No hay fórmula mágica, es al azar.

La pregunta acerca de su enfermedad no tardó en llegar, pero Clemente prefirió evadir y no emitió respuesta alguna. Es evidente que a causa de su frecuente tos tiene silicosis,  una afección en los pulmones producida por respirar silicio en grandes cantidades. La mayoría de los mineros están enfermos, pero casi ninguno hace caso omiso, simplemente están destinados a morir lentamente. Es de público conocimiento en la zona que el trabajo en la mina es totalmente insalubre y peligroso. Si no sufren esta enfermedad tan cruel que va asesinando poco a poco sus órganos, pueden padecer algún derrumbe o accidente de trabajo. Pareciera ser que sus cartas están jugadas.

No podía caber la idea en mi cabeza, de cómo Clemente sigue trabajando desde hace 25 años sin ponerse a pensar en su estado de salud. El sabe que está enfermo pero parece no importarle, trabaja porque no hay otra alternativa, quiere pagar la universidad de sus hijos y que ellos puedan tener la oportunidad de no estar en el mismo lugar que él. Aunque uno de ellos a veces le hace compañía, el prefiere seguir trabajando sólo. Si algo llegara a sucederle ahí dentro, hay muy pocas chances de que alguien se entere rápidamente. Luego de tomarle unas fotos y beber junto a él un poco más de caña de azúcar, nos despedimos. Me regaló una piedra de estaño que aún conservo en mi habitación.

Antes de volver a recibir la luz del sol, el guía nos llevó a un lugar más profundo dentro de la mina y muy especial para los mineros. En el camino cada vez veíamos menos personas y se volvía más arduo al punto que una chica resbaló y casi cae por un hueco hacia la nada misma. Tomé una foto del momento justo en el que el guía la agarró para que no cayera.

Luego de un rato de caminata, llegamos al altar donde se encontraba uno de los tantos Tíos que hay en la mina. Un Tío es una estatua hecha de tierra y pelos de llama que representa al mismísimo diablo. Durante toda la semana los mineros no ven la luz del sol, ya que trabajan todo el día y vuelven a sus casas de noche aunque cada mañana aprovechan el amanecer para coquear juntos antes de entrar a la mina. Para comer, salen afuera 1 vez al día, o a veces ninguna. Casi todos ellos son cristianos y van a la iglesia los Domingos. Según cuentan, Dios sólo los protege fuera de la mina, ahí dentro necesitaban de alguien que se sienta cómodo y poderoso en la oscuridad.

La procedencia de estas estatuas es confusa, lo que entendemos es que en algún momento representaron al “hombre blanco” que venía del más allá. Al notar que las estatuas eran veneradas, los mismos españoles las denominaban Dios. En el lenguaje quechua no existe la letra D por ende la pronunciación era difícil para los nativos. Al nombrarlos, la D sonaba como una T.

El Tío es el Dios del inframundo, amo y señor de la mina. A el le rezan y le ofrecen sus más valiosas pertenencias. Esparcen coca, alcohol como parte de un ritual en su cabeza, hombros, vientre y pene. Su pene es de un tamaño mayor al convencional y no proporcional a su cuerpo, símbolo de fertilidad. Luego de pedirle al Tío riqueza y protección, esparcen sus ofrendas directamente en el suelo, a la pachamama. Las malas lenguas dicen que el Tío puede ser muy generoso, pero a la vez muy despiadado si no recibe sus ofrendas como el desea, él decide quién sale vivo de la mina.

Se estima que 120 personas mueren en la mina aproximadamente por año, nadie parece notarlo, es habitual para la gente de la zona. La mayoría de las muertes son a causa de accidentes, enfermedades y creanlo o no, borracheras también.
Durante el mes de Febrero, el mes del Tío, se da lugar al carnaval minero, época de incansables festejos dentro de la mina, donde más de un minero ha muerto por quedarse dormido a causa de la borrachera.

Antes de salir hacia el exterior, ayudamos a unos mineros a empujar un carro que pesaba 1 tonelada por los rieles. A metros de la boca exterior, se volvía a sentir el frío en nuestras extremidades y el viento en nuestra cara. Al rato me tomé una ducha y comencé a escribir sobre lo que había vivido ese día. No podía parar de pensar en Clemente y en todos los demás. Hasta el día de hoy lo recuerdo como si fuera ayer.

Presenciar su realidad al menos unos instantes no permite ponerme en sus zapatos. Sé que nunca podría hacerlo. Sin embargo, esa experiencia me otorgó la oportunidad de cuestionarme muchas cosas. Entre ellas, la cultura del trabajo y la forma en que las personas se mantienen en la carrera de la vida.

Ser minero debe ser un trabajo duro y cansador, hasta me animo a decir devastador.Me pregunto si realmente decidieran dejar atrás la minería podrían subsistir de alguna otra manera, si tendrían alguna otra alternativa. El trabajo es trabajo y es digno, pero lo sigue siendo cuando las condiciones los llevan a estar presos en la montaña, esperando la muerte? Como este seguro hay miles de casos invisibilizados más.

Ese día fue conmovedor personalmente para mí y por eso decidí expresarlo en un relato, siento que de alguna manera es mi forma de ayudarlos. Esta noche me acostaré en mi cama agradecido, sabiendo que mañana tendré la oportunidad de apreciar un nuevo sol. Pensar que mientras escribo esto Clemente está picando una pared, ansioso por encontrar algún metal precioso que lo ayude a salvar a su familia, me revuelve todo por dentro.

“Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s