Memorias de un viaje. Parte IV: Brisas de Zicatela

POR MAURI BADRA

La puesta del sol se recibe de forma simultánea con el descenso de la temperatura ambiente. Mientras el cielo nos muestra su más anaranjada faceta, la piel se nos empieza a erizar. Mirar en dirección hacia los pies en ese momento puede que para una persona fácil de impresionar no sea una sensación agradable. Quién sabe qué tipo de bichos navegan esas corrientes.

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Comienzo a sentirme cansado, pasaron horas desde la última vez que ingerí alimentos o algún tipo de nutrientes. Mi cuerpo ruega por descanso, a la vez siento mis hombros fatigados, la zona lumbar de mi espalda está dura como una roca, tengo los oídos llenos de arena y la piel de mis dedos se ve arrugada como la de un anciano. Me mantengo a metros del line up, zona donde se montan las olas, flotando sobre la tabla y observo.

Si tuviera que elegir una palabra para describirme en ese momento, elijo “inexperto”. Intento aprender tan sólo viendo que decisiones toman los demás ante las distintas circunstancias que se les presentan, los imito, trato de remar en dirección oblicua y contraria al pico de la ola para no ser atrapado y arrastrado por ella hacia la costa de forma violenta.

Poco a poco van pasando los sets por debajo de mí.

Si nunca has escuchado alguna vez la expresión “swell” y también si la haz sentido nombrar podrás corregirme; es un conjunto de olas para simplificarlo aunque en realidad es energía que se traslada hacia la costa en forma de olas, en este caso de gran tamaño. Aproximadamente había 5 olas medianas seguidas de un pequeño intervalo en la que lamentarías adentrarte al mar ya que luego vienen las 3 más grandes y potentes. Al cabo de la primera tanda, llega la tranquilidad; aunque tan sólo por unos minutos y así sucesivamente vuelve a recomenzar el ciclo. Por lo menos esta es la explicación que puedo darte según lo que aprendí.

Volviendo a la situación de estar flotando en el agua, por alguna inexplicable razón, me convenzo con el ingenuo pensamiento de que mientras más tiempo estoy en ella, más conozco ese diferente y total desconocido universo llamado océano. Alguna vez quizás hayas escuchado decir que el planeta está compuesto un 30% de superficie terrestre y un 70% restante por agua, ese mundo aparte con una profundidad media de 4km y más de 250.000 especies habitando en ella, magnífico por dónde se lo mire.

De vez en cuando hago un par de miradas de reojo hacia la costa, estando a más de 200 metros es difícil divisar a mis amigos con claridad. Esperando que mi compañero no se enoje al tener que esperar tanto para usar la tabla; consejo aparte, obtén tu propia tabla, es más divertido que alternar cada 20 minutos.

Todo parecía estar totalmente controlado; sin embargo de repente me vi envuelto en una situación no esperada. Giré la cabeza hacia el horizonte y la vi. Gigante, más cerca de lo que nunca había visto, su tamaño era imponente y arremetía sin escatimar su intensidad. Una pared de color celeste se elevaba ante mí, sin exagerar calculo que la ola medía unos 3 metros de altura.

Ante semejante circunstancia, cualquier surfista con poca experiencia sabría qué hacer para no dejarse pillar por ella, no fue específicamente mi caso. Con remadas largas y profundas, decidí cometer un cuasi suicidio, encarándola y faltándole el respeto al surf. No creo haber puesto en práctica todos los consejos que había escuchado acerca del deporte, debía reaccionar en cuestión de segundos mientras una voz interna me decía “levanta el pecho, endurece cola y lumbares, deja quieta las piernas”, me olvidé de las instrucciones y me deje llevar.

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“Coge una ola y te sentirás en la cúspide del mundo”. Una vez leí. Lo admito, esa sensación de estar en la cresta de la ola literal, es algo que nunca antes había percibido, difícil de comparar, la adrenalina está a mil por hora y todo lo que uno siente es completamente nuevo. Finalmente, las sensaciones del frío, calor, viento, plenitud y admiración a la naturaleza, duraron poco.

Ese sentimiento de estar siendo levantado y arrastrado por una fuerza sobrenatural es algo difícilmente de comparar, sucede todo en cuestión de instantes, y antes de que realmente me diera cuenta de lo que tenía que hacer, pensé “Ahí me tendría que haber parado!!!”. Ni siquiera había alcanzado mover las manos que ya estaba completamente envuelto en la inmensidad del remolino de la ola, clavándome verticalmente de forma perpendicular a la superficie del agua, cerré los ojos y aguanté la respiración. Lo que ahora puedo recordar fueron muchos giros, golpes y más giros.

No me aterrorizaba chocar con alguna piedra o no poder encontrar mi tabla, sólo quería salir de esos eternos segundos infernales. Finalmente logré tomar aire desesperadamente, aunque el respiro fue breve debido a que el pico de la ola siguiente volvió a arremeter contra mí.  En la costa, luego de haber sido arrastrado por la estrepitosa corriente, me senté mientras todos morían de carcajadas y me felicitaban por mi show de principiante. Mi mente se ausentaba, me desenfocaba totalmente del sitio, lo único que sentía era el corazón bombeando en cada extremidad de mi cuerpo. Respiraba exhausto. WOW. Qué locura. Qué potencia. Qué poder. Seguía mirando las olas, fascinado. Desde lejos parecían hasta inofensivas. Entrelíneas me susurraban, me bautizaban, me ofrecían la bienvenida al mar.

Aún recuerdo como si fuera ayer el día en que llegamos a esa ciudad escondida como si fuera ayer, tras atravesar  los montes Oaxaqueños. Afiebrados y desgastados emocionalmente, emprendimos una caminata de varios kilómetros de múltiples bajadas y subidas hacia un lugar del que habíamos escuchado mencionar anteriormente por algún viajero. La costa de “Zicatela”, 15 bloques de avenida acorralada de mar, repleto de surferos o surfers, negocios de alquiler de equipos, turistas, locales, restaurantes, bares con hippies en sus veredas ofreciendo artesanías, artistas callejeros haciendo hasta malabares con fuego, todos éstos, con un espíritu diferente.

Particularmente de aquél día sigue aún intacto en mi memoria visual, una imagen preciosa difícil de olvidar, el primer atardecer que vi en Puerto Escondido que me sorprendió por completo caminando por la calle Del Morro, pegada al mar, mientras varias personas a mi alrededor frenaban su andar y desatendían sus quehaceres y se quedaban parados ahí, junto a mí para contemplarlo, como si se tratara de una especie de ritual, callados, como si un reloj mágico hubiera detenido el tiempo y lo único en ese momento que poseía movimiento era el Sol, sin dudas, fue místico.

Pasadas unas horas y luego de golpear puerta por puerta y nuestra propuesta ser rechazada cordialmente, logramos intercambiar nuestro trabajo de voluntariado en un inmenso hostal llamado Pako-Lolo (marihuana en Hawaii) manejado por un hombre calvo obsesionado con sus bigotes dignos de pertenecer a Garfio, el villano de Peter Pan. Una pequeña comunidad de viajeros de todas partes del mundo se congregaba en esos lares dispuestos a conocer la playa con la tercera ola más potente e impredecible del mundo, aunque fue una lástima que pocas veces pudimos formar parte de sus excelentes reuniones debido a la dificultad que tuvimos para sobrellevar los primeros días en Puerto.

Mi estado de salud empeoró, llevándome a estar varios días con 40 de fiebre y al mismo tiempo trabajando en el Panorama Bar, que nos había acogido como sus nuevos Relaciones Públicas/Meseros para la temporada del Spring Break, una tarea complicada pero sobre llevable. Inevitablemente ante mi estado de deshidratación me vi obligado a romper la ley de prohibición de antibióticos, además de ser convencido por la doctora más sensual que conocí en toda mi vida y juro que no era producto de mis deliradas de fiebre.

A pesar de todo, una noche fue distinta a las demás, la rutina cambió por un día, era 25 de Marzo, por ende a las 00.00hs cumpliría 21 años de existencia física en el planeta. Fue un momento raro, ya que nadie sabía que mi aniversario de vida, estando del otro lado del hemisferio de donde se encontraban la mayoría de mis afectos. Cuando llegó la hora, sólo el loco P recordó que era un día digno de festejo, pero más allá de las tradiciones, no hubo torta, saludos, ni vela que soplar. Simplemente tomé una cerveza de la heladera y planifiqué un pequeño escape de unos minutos del trabajo. Sólo tuve que caminar 50 metros para estar un poquito más cerca del mar donde nadie me viera. Y ahí fue donde me senté, a tomar esa cerveza helada, en soledad, sin pensar en nada. Simplemente respirando, y estando ahí, en ese preciso instante, el momento perfecto en el lugar indicado.

Hoy ya pasó el tiempo desde ese momento, y aunque parezca loco decirlo, sin querer queriendo, logré atraer todo lo que mi subconsciente había pensado mucho tiempo atrás.

Todavía recuerdo estar sentado en el piso 14 de un bonito departamento de un amigo en el barrio de Nueva Córdoba, charlando con amigos, intentando prestar aunque sea un poco de atención a lo que supuestamente debía aprender para tomar un examen, pero nada lograba concentrarme, sólo respondía ante sus preguntas que quería que fuera Marzo, el mes de mi cumpleaños, para estar solo tirado en la playa, tomando una cerveza y mirando el mar, TODO aquello sin saber que mi destino iría a ser México. Tardó un par de meses, pero luego como por arte de magia, todo se volvió realidad, no sé explicar por qué ni el cómo, pero de alguna forma inexplicable llegué hasta ese lugar, y fui regocijándome con mis deseos profundos que iban cumpliéndose gracias a la ley de atracción de pensamientos.

“Ten cuidado con lo que deseas, puede volverse realidad”, puedo dar fe de ello, porque sin duda si visualizas algo significa que puedes verlo en tu cabeza lo que atraerá el momento de verlo físicamente en tus manos o en tu vida, si realmente lo quieres y puede que sea mucho más pronto de lo que uno hubiera planeado.

En el día de mi cumpleaños sucedieron más cosas extrañas. Figurativamente, a mi parecer fue el re-nacimiento de Paco. El porqué del nuevo nombre asignado a mi amigo, el loco P, podríamos preguntárselo al bochornoso gringo en estado de ebriedad con el que jugamos cartas esa noche en la playa en el descanso del trabajo. Viéndolo de otra forma, ahora pienso que el cambio de nombre puede que haya sido algo más, un signo de que interiormente había algo más que cambiaba en nosotros, sin darnos cuenta nos transformaba y nos cambiaría la vida para siempre, ese día, quizás, el loco P comenzaba a dejar sus recuerdos atrás, para comenzar una nueva aventura que lo llevaría a estar donde está hoy. Pero mejor seguir con la historia y dejar ciertas suspicacias para otro momento.

Para que me puedas comprender lo que intento trasmitir acá, quisiera describir como era la vida en Puerto. Es sin dudas diferente a lo que uno conoce, porque tratamos de adaptarse a comunidades de gente, entre ellos, los locales, que son específicamente estimados dentro de las aguas, eligiendo las corrientes que les favorezcan, aquellas que suelen surfear desde pequeños, como así también lo son durante la noche en los bolichitos, como en el Gua-dua y sus domingos de Reggae, ubicado en la Punta, donde conocimos al pizzero más loco del mundo, nacido en Buenos Aires y afamado en todas partes como El Mago, encontrándole la vuelta a las cosas ganándose la vida con sus negocios, sin dudas uno de los personajes más excéntricos e intrigantes que conocimos durante el viaje.

Habíamos dejado la vida de hostel para mudarnos a la comunidad de la Casa de Lourdes, una humilde señora de gran corazón que albergaba a muchísimos viajeros, artesanos y artistas del mundo por una modesta suma de dinero, dejándonos comer los frutos de mango que florecían en sus árboles durante el desayuno, o al menos nunca nos dijo nada al respecto.

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Si intento escabullirme en mi cabeza, miles de experiencias vienen a mí, e incluso sería muy poco factible de poder escribirlas todas, y si aun así lo hiciera, no creo que seguirías leyendo a esta altura. Debería buscarle la vuelta de tuerca y ponerle condimento a mis palabras para tenerte atraído hacia la lectura, tan poco fomentada en los días que frecuentamos.

Cabe hacer un espacio para las personas que conocimos en ese lugar, excelentes, cada uno con su historia, y claro que sin dudas se merecen un lugar en estos renglones el Vasco y el Nacho, dueños de una antigua van Volkswagen comprada en el norte de California con dinero ganado en plantaciones de marihuana, recorriendo miles de kilómetros con el objetivo de llegar al sur del continente, ambos dos, culpables inconscientemente de empujarnos más hacia nuestros sueños, y meternos en la cabeza la palabrita California.
Como olvidar al dúo dinámico de Andrés y el Lucho, dos argentinos recorriendo el mundo, los maestros de los alfajores de maicena, si estuviste en PDC a en el 2012 los conocés seguro, que nos llenaron de consejos a estos dos pibes locos e intranquilos por seguir el supuesto camino hacia el Sur, que de  poco se iba convirtiendo en Norte.

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Tristemente, todo cuento tiene un fin, Puerto Escondido fue un cuento, mientras más nos adaptábamos y más lo queríamos, ese mini objetivo ya estaba cumplido. Los deseos de recaudar dinero para seguir viaje apuntaban hacia un solo lugar, el gran gigante, temido, mal afamado y espectacularmente bello Distrito Federal. Raramente elegimos nuestro punto de partida al Norte para ir al Sur, un excéntrico plan pero digno de recordar.

Todas las personas con las que rodeábamos nos llenaban de señales, y nosotros muy ilusos aventureros acostumbrados fuimos a probar suerte por unos días a la capital del Estado Mexicano, sin saber que lo que vendría cambiaría nuestras vidas para siempre.

Aunque no haya aprendido a surfear sinceramente, el Pacifico Mexicano, al que inconscientemente siempre quise llegar, le dio un punto y seguido a la primera etapa del viaje. El viaje.

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Hoy, la historia es muy distinta. A minutos de publicar este escrito, siento un cosquilleo en la espalda, donde se clava la mirada de mi mochila llena, lista para partir en pocas horas. Hoy, viajo para conocer la historia que hay detrás de la tierra del Samba, del Carnaval y de la alegría sin fin, sin antes perderme los encantos de nuestra querida hermana siempre cercana República Oriental. Hoy, dejo crearse los caminos y allá iremos.

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