Memorias de un viaje. Parte III: La Venganza de Moctezuma

POR MAURI BADRA

Llegar a San Cristóbal de las Casas en una tarde soleada es comparable a ingresar a través de un portal en la maravillosa época colonial de América. Posterior al viaje a través de la selva y montes, plagado de curvas, contra curvas, requisas militares y acompañados fortuitamente de una lluvia constante, que nos llevó a una parada excepcional en el corazón de los montes Chiapanecos, a un poco más de 2000 metros de altura sobre el nivel del mar, algo a lo que no estábamos acostumbrados.

Reconocido como uno de los Pueblos Mágicos de México, por sus hermosos pasajes, múltiples caminitos adoquinados repletos de imponentes farolas, edificios con acento europeo combinados de miles de paletas de colores, ferias adornadas y en su típica plaza central, la cruz representativa del catolicismo incrustada en un monumento. La huella de la religión estaba profundamente marcada, fácilmente se podía apreciar al ver miles de fieles y turistas que a diario recorrían centenares de escalones para poder visitar el Templo de Guadalupe.

 

Más allá de s166776_10200117669437904_1174749729_nu interesante historia arquitectónica, la gente, sin lugar a dudas, es el gran factor de atractivo turístico. Cálida, abierta y generosa, transmite una sensación pueblerina de bienvenida haciéndonos sentir confortables aún caminando por los más despejados pasadizos de aquel pequeño desconocido lugar. Los mercados y ferias artesanales se instalan en plazas de la ciudad, invadidos por artistas callejeros de segunda mano y turistas peatones yendo de lado a otro intentando regatear el mejor precio en algún suvenir.

Con el anochecer sobre nuestras cabezas, la baja temperatura y la fresca brisa del viento no perdonan ni al más valiente. Las gesticulaciones de los individuos que aún recorren las peatonales son parecen ser calcadas, entre ellas, el paso apurado con manos en los bolsillos, hombros estremecidos y ojos entrecerrados, afortunados son aquellos con capuchas o bufandas.426437_10200117674558032_886251516_n

En esta ciudad fuimos hospedados por un hombre llamado José, que conocimos a través de nuestra primera experiencia en la comunidad Couchsurfing, resulto ser un gran amigo y ejemplo de vida. Nos abrió las puertas de su casa y nos invitó a adentrarnos en la cultura mexicana, contándonos sobre su trabajo con proyectos sociales y enseñándonos sobre las comunidades nativas de la zona.

Todo parecía estar bien, hasta que horas antes de haber decidido seguir nuestro viaje luego de haber tenido un baño con cube
tas de agua helada (era la única forma de tener un baño), nuestros cuerpos fueron víctimas de una grave intoxicación que nos iría a hostigar durante los siguientes 15 días a ambos dos.

La fuerza del antiguo emperador azteca recayó sobre nuestros cuerpos y mentes, justamente en una noche donde visitamos la feria local y probamos los reconocidos tamales mexicanos que fueron ofrecidos a la venta por una humilde señora.562138_10200117674438029_2058436316_n

El infierno pudo sentirse en carne propia al día siguiente. La mezcla letal del cambio de temperatura repentino, la poca preparación para el clima frío, el agua helada, agregada la bacteria que se adentró en nuestros organismos generaron un cóctel de fiebre, vómitos, diarrea y ahí se termina la ejemplificación como para no ahondar en detalles disgustosos.

Hoy en día, nadie sabe si el mito de la Venganza de Moctezuma es real. Cuenta la leyenda, que al sufrir la traición de los colonizadores españoles ocupantes de tierras aztecas, el emperador Moctezuma antes de perecer, dictó una sentencia, un maleficio vigente por toda la eternidad de los tiempos, condenando a todos aquellas personas extranjeras que permanezcan en suelo azteca por 3 meses o más, acarreándoles un malestar estomacal que conllevaría numerosos síntomas entre ellos los anteriormente enumerados.

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Creer o reventar, esa es la cuestión. A los 3 meses exactos de nuestra llegada a México, ahí estábamos, tirados en nuestro querido colchón semi inflable (porque amanecía desinflado por completo), sin poder movernos literalmente, con apenas fuerzas para cambiar de canal con el control remoto.

Científicamente, éste fenómeno podría explicarse sencillamente, tomando como causa a los diferencias en los hábitos diarios, sobre todo la alimentación y la no adecuación de nuestros cuerpos a algo nuevo, pero no vale la pena seguir dándole vueltas al asunto, es cuestión de fe, o de que te gusten las historias, como a mí y de la perspectiva que cada uno utiliza para interpretar las cosas.

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Retomando la anécdota, busqué fuerzas de dónde no las tenía y ejercitando mentalmente, logré mejorar mi estado de salud, al menos asimilé el dolor y el malestar. Mi único motivo era porque lo necesitaba, estábamos en un callejón sin salida, solos en medio de un suelo ajeno, con frío y nuestros cuerpos no iban a aguantar más ahí, teníamos que movernos, 12 tentadoras horas de ruta nos separaban de Puerto Escondido y de nuestro querido Océano y sus llamativas playas calurosas. Sin duda que viajar en ese estado era todo un riesgo que podíamos asumir, aunque altamente no recomendable, podríamos equivocarnos fácilmente y pagar las consecuencias.

Aun así, no lograba darme cuenta de que ese maldito bicho que se introdujo dentro de mí, trabajaba incansablemente a diario tratando de contrarrestar mi casi nulo sistema inmunológico.   Como para empeorar la situación, había incorporado recientemente el capricho de negarme completamente a ingerir ningún tipo de remedios ni antibióticos. Todavía faltaba mucha agua bajo el puente por pasar, lo que sucedería a continuación cambiaría mi decisión.

Un par de días de reposo y de escasa alimentación, junto a buenas agallas y coraje para salir de nuevo con las mochilas cargadas, esta vez pesando más que nunca debido a nuestros cuerpos extremadamente flacos y debilitados, encaramos para la terminal, despidiéndonos del frio y de nuestro gran amigo y puesto en nuestro camino como un ángel salvador, (en las próximas líneas averiguarás el porqué). Llegaríamos a Tuxtla Gutiérrez, ciudad capital de Chiapas, última parada antes de continuar un viaje de aproximadamente 11 horas hasta la costa occidental de México.

Ya en la terminal de autobuses, luego de una larga caminata, el loco P sufrió un golpe de calor y su voluntad se desplomó por el piso, su cara era reflectante del decaimiento que padecía en ese momento, necesitando claramente auxilio, la situación era insostenible.

Nos vimos envueltos en una situación horrible y desesperante, cada uno por su lado. Debo admitir que pequé de ansioso y me molesté con mi compañero reprochándole un último esfuerzo, lo presioné sin notar verdaderamente que mi amigo no se sentía nada bien. Con predisposición y paciencia intenté pedirle que realizáramos el último tramo faltante para llegar al mar y poder curarnos más tranquilos en temperaturas más cálidas, gracias a Dios no logré convencerlo, quién sabe lo que pudo haberse desencadenado si hubiéramos tomado esa decisión. Sin embargo, para nuestra experiencia, la osadía acababa de empezar, este último trayecto sería la más difícil del viaje del este hacia el oeste.

Acostumbrado a verlo todos los días, su aspecto no me parecía tan malo, hoy mirando hacia atrás y recordando, agradezco estar sanos y salvos. Estuvimos desde bien temprano postergando una y otra vez nuestro colectivo, esperando que el malestar lograra detenerse al menos un poco, aún recuerdo como si fuera ayer la intensidad con la que el calor nos asfixiaba, mientras contábamos moneditas para poder pagar los 3 pesos para utilizar el baño público, sudando la gota gorda.

Repentinamente, de un momento para otro, Pablo logro ponerse de pie, susurró algo que se pudo entender como “voy a tomar aire” y desapareció. Su aspecto era de un chico flaco, pálido, con barba, cuál vagabundo. Transcurría el horario de la siesta. El tiempo pasó. No volví a verlo, no supe nada de él.

Enojo, furia e impotencia por un lado. Angustia, preocupación y depresión por el otro. Sumado al insoportable calor, más las ganas de ir al baño y comer algo, cosa que no podía hacer al estar inmovilizado con todo el equipaje de ambos. Esperé, respiré e intenté tranquilizarme, analicé mis opciones, teníamos un solo celular y estaba en mi poder, prácticamente no había forma de localizarlo. Pensé en buscarlo, pedir ayuda o llamar a la policía, para no desesperar decidí confiar en lo único que me daba esperanza, era la distraída personalidad de Pablo, por así decirlo.

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La terminal se llenaba y se vaciaba en cámara acelerada como si se tratara de una toma cinematográfica, yo en medio del vendaval de gente, escribiendo, dibujando, ya sin saber cómo matar el tiempo, las horas pasaron sin preguntar.

Todo lo que intenté plasmar en las hojas en blanco fue relacionado al mar, las olas y el surf, anhelando que todo saliera bien, como única forma de tranquilizarme, de darme paz. No obstante, me veía interrumpido por lagunas mentales dónde me carcomían los pensamientos, imaginaba un final triste y luego uno feliz, me torturaba mentalmente deseando que mi amigo estuviese bien y apareciera de una vez por todas.

Al caer la noche, el loco P llegó. No hubo peleas ni discusiones, nada de reclamos de ninguna parte, sólo comprensión. Su relato consistió en que salió a caminar para despejarse y debido al implacable calor comenzó a sentirse demasiado mal, luego de preguntar por algún hospital o centro de atención cercano y de recibir varias respuestas imprecisas (típicas de nuestros hermanos mexicanos cuando deben explicar cómo llegar a una dirección). Caminó más de 15 bloques al rayo del sol, con las últimas gotas de energía que le quedaban y una visión borrosa, sin opción de volver hacia atrás para avisarme para luego lograr ser atendido en un hospital público. Confesó que tuvo temor de caer desvanecido en la calle, hasta incluso se le cruzó por la cabeza la drástica posibilidad de morirse, ahí, en la calle. Finalmente fue atendido después de una larga espera y diagnosticado con un cuadro de intoxicación febril y un altísimo nivel de deshidratación, le colocaron un suero y fue recetado con antibióticos.

Preferimos no viajar. Mi compañero presentaba una leve mejoría, pero el reposo era indispensable, sólo restaban 12 horas, y dónde dormiríamos era la gran incógnita. Nos contactamos con José, y gracias a puras casualidades de la vida viajaba a Tuxtla esa misma noche a visitar a sus padres, que una vez más nos alojaron y evitó que durmiéramos en la calle. Pasamos la noche en la cima de una pequeña meseta en los suburbios de la ciudad poblado de casas humildes de gran corazón. Nos sentimos una vez más como en casa, yo tuve la oportunidad de cenar una exquisita cena dando por hecho que mi organismo ya había mejorado, aun así la melancolía me invadió al recordar el hogar de mis abuelos paternos. Dormitamos en una especie de ático en construcción, acompañados por más de 12 gallos de pelea y sus pequeñas crías. Una anécdota linda de recordar, con los cantos de esos animalitos obligados a luchar, a todo volumen durante la madrugada.

Nos despedimos de José y su familia eternamente agradecidos, un poco confundidos por obtener tanta ayuda y amor de personas desconocidas. Catando ese agrio dolor interno de saber que es muy probable que no volveremos a ver a esas personas jamás en  todas nuestras vidas, ese sentimiento que más tarde empezaríamos a sentir más seguido y con mayor intensidad. Pero de eso se trata el flujo de energías que hay en el mundo, del dar y recibir, de la ley del karma, esa gente forma parte de los eslabones que componen como el universo, como nosotros, como vos que estás leyendo. De alguna forma debemos emplear nuestra libertad para no frenar con el flujo de las buenas acciones, si a fin y acabo, nada es nuestro, nada nos pertenece, sólo nuestro ser, lo demás pertenece al universo.

Una vez más volvimos a la ruta a la mañana siguiente, encarando la última etapa de viaje. Tomamos el bus, haciendo escala en un pueblo llamado Tehuantepec en medio de madrugada. Atravesando curvas y contra curvas, cada vez más cerca del nivel del mar, me comenzaba a sentir peor, realmente creo que el gran esfuerzo mental que hice por seguir bloqueó la sinopsis de mis neuronas y no padecí el dolor de la enfermedad que avanzaba lentamente, no me escuché a mi mismo, mi cuerpo intentaba decirme algo.

Escalofríos repentinos me recorrían enteramente, sudaba transpiración helada en el último asiento del autobús prácticamente vacío. Comencé a temblar, intentado cubrirme con la bolsa de dormir mientras el estado febril aumentaba. El camino sinuoso se tornaba interminable, provocándome náuseas y lo único que necesitaba era un poquito de fuerzas. El pacifico estaba ahí, al alcance de nuestras manos, detrás de esa oscuridad imborrable en la que intentaba divisar figuras achinando mis ojos y dilatando mis pupilas, con mi frente apoyada de lado en el vidrio mientras se empañaba una mancha dibujada producto de mi respiración en la ventana.

Ya podía sentir su fuerza, el poderío y el estruendo de sus olas, estábamos a punto de lograr lo que tuvimos en mente apenas dejamos el Caribe. O probablemente lo tuvimos en mente más antes de lo que imaginábamos, quien sabe cuánto tiempo atrás esa idea revoloteaba nuestras cabezas, quizás nuestro viaje empezó mucho tiempo atrás e inconscientemente cada acción que ejecutamos nos llevó a estar ahí, en ese preciso momento, por ahí, en alguna de esas casualidades de la vida, nuestra mente atrajo ese profundo querer.

Finalmente y a tumbos logramos realizarlo. Llegamos. De madrugada; sucios, flacos, sin afeitar, desganados pero con una gran sonrisa en nuestros rostros. Arribamos una vez más, a un lugar totalmente desconocido y la incertidumbre empezaba a convertirse en moneda corriente, una carta con la que ya sabías jugar. La historia parecía estar cada vez más cerca de un final feliz, al parecer.

A punto de amanecer, sin mapa y sin ningún tipo de referencia nos tiramos a reponer fuerzas en los banquitos de la terminal y nos miramos suspirando. El objetivo había sido cumplido a base de agallas y sudor, pero está más que claro que cuando llegas a la cima no hay que pecar de vanidoso, porque todo lo que sube puede caer, quizás al alcanzarlo, tu techo se encuentra todavía sobre ti. Había que buscar un lugar para descansar y dormir, ese lugar vendría recargado de miles de cosas nuevas para enriquecer nuestras vidas.

Simplemente, respirando, esperamos a que saliera el sol, y nos dejamos guiar por el perfume del mar.

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