Memorias de un viaje. Parte II: Rompiendo la zona de comfort.

POR MAURI BADRA

Friday, 2:56 pm, Zephyr Cove, Lake Tahoe, Nevada, USA.

Me encuentro sólo, sentado escribiendo en la computadora de una persona que no conozco y creo que no conoceré, viviendo en la casa de ese desconocido, rodeado de una espectacular vegetación, un paisaje de montañas con millares de pinos, y cuando no algunos osos salvajes revolviendo los cestos de basura (difícil de creer en un principio). Es un barrio con casas portando banderitas de color rojo, azul y blanco flameando en sus jardines y como frutilla del postre, una impactante imagen del lago Tahoe en el horizonte. Sin lugar a dudas, es un lugar paradisíaco que deberías de conocer antes de morir, mismo pensamiento que tuve en mi mente apenas llegué, reconocí que podría ser uno de aquellos pequeños sitios dónde uno simplemente quisiera morir. La explicación de cómo termine acá, es muy larga y peculiarmente entretenida, pero tendrá su lugarcito más adelante en esta historia. En este momento, es hora de continuar con el relato de la pequeña odisea a través de México.

Principios de Marzo. Era tiempo de comenzar a seguir las señales. La costa del Océano Pacífico no tan pacífico era lo que llamaba nuestra atención y especialmente donde apuntaban nuestras corazonadas. Los últimos días en el Caribe fueron magníficos. Despedidas más, despedidas menos, los abrazos cada vez se sentían un poco más fríos. Me atrevo a dar un diminuto consejo para los que eligen esta hermosa profesión de viajar, por la que nadie te otorga un título, hay que saber desprenderse de todo, de objetos, mascotas, ropa favorita, carreras universitarias e incluso amigos y familia. Hay que salir de la zona de confort de tu mente, romper esa barrera e incomodarse a uno mismo, créeme, lo que está detrás, es asombroso.

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Nuestras mochilas pesaban más que nunca aunque no importaba, la sangre estaba llena de energía y sabíamos muy dentro de nosotros, que nada podía pararnos. Comenzando el viaje a dedo hacia el sur de Quintana Roo, todo nos salió bien, conseguimos un aventón tras otro. Un par de buzos que hablaban sólo francés y un taxista que engañaba su mujer nos alcanzaron hasta Bacalar, pequeña localidad que cuenta con una laguna de agua dulce con 7 tonalidades de colores diferentes, única en el mundo.

En el camino nos cruzamos con cada personajes excéntricos, como olvidar al viejo Manuel, portugués borrachín que tenía el hábito de entrar y salir del país cada 6 meses durante 20 años, un asiático recorriendo el continente en bicicleta, un camionero que necesitaba que alguien le cuente historias para no dormirse (“contáte una historia Coqui” me solían decir en casa) y un par de militares burlándose de nuestros escasos artículos de cocina mientras revisaban si llevábamos algún tipo de sustancia ilícita.

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Todo parecía fluir de buena manera mientras avanzábamos sobre nuestra ruta hasta Xpujil. El pueblo fantasma que fue nuestra piedra en el camino y nos hizo parir hasta la más última gota de sudor. Vivimos en carne propia el intenso calor de la nada misma en un horario de siesta fulminante. Dedo pulgar arriba durante largo rato y nadie nos levantó. La desesperación poco a poco ganaba su lugar, sin embargo la esperanza no se perdía.

El tiempo pasó sin preguntar y nadie paró. La pregunta era, por qué no tomar un bus? No hacíamos dedo por tacaños, lo hacíamos por dedicación. Es como hacer cualquier deporte nuevo. Empezás de golpe y puede que al otro día sientas las consecuencias y hasta lo podés llegar a odiar. Cuando lo volvés a hacer le encontrás un gustito diferente. Cuando ya es parte de tu rutina simplemente no podes parar, es una tremenda adicción. Hacer dedo es una manera de viajar diferente, desconcertante y aventurera no cabe duda alguna. Es un juego de azar peligroso, “viscoso pero sabroso”. Si no te gusta el sufrimiento placentero no debería ser lo tuyo, no es fácil levantarse antes de que salga el sol y salir a la ruta,  aunque no todos los días la suerte viste tu camiseta.

La zona en la que estábamos no era para nada turística ni segura, debíamos llegar a Palenque, la selva Chiapaneca, antes de que oscurezca y estábamos a 5 horas de distancia en carro. Después de esperar una hora y media en la carretera principal, decidimos ir a tomar el bus, nos rendimos de nuestro intento de llegar a dedo por miedo. (Ubicación Google Maps).

“Lo lamento chavos, el próximo bus no sale hasta la nochecita”.- fueron exactamente las palabras que me entraron por un oído y salieron por el otro después de haberme revoloteado en la cabeza. La inquietud nos invadió, pero nunca nos dejamos vencer por el pánico. A caminar se había dicho con el Loco P y ojalá “que fluya” más que nunca.

Caminamos, caminamos, caminamos, el dedo levantamos pero nadie ni siquiera amagó a frenar. La ruta empezaba a tornarse cuesta arriba y todo pesaba más a cada paso que dábamos. Aún recuerdo cuando me negaron un vaso de agua en un restaurant, y vaya a saber de dónde salió otra señora muy humilde para regalarnos 150 pesos mexicanos para que compremos algo de comida y agua. Dinero no faltaba, lo que faltaba era un lugar para comprar algo. La señora insistió ante nuestra negación dándonos una lección de vida, la ley del dar y recibir, la ley del Karma ejemplificando que alguien en ese momento estaría ayudando a su hijo, por casualidad viajando por el sur Latinoamérica, por nuestros pagos. Todo vuelve. El bien que hacés te vuelve envuelto en más bienestar, lo mismo sucede con el mal. Algunos no lo aceptarán, hoy puedo decir que así de simple es.

4 HORAS pasaron. Podemos acordar que no es agradable estar cuatro horas bajo los rayos del sol, estábamos débiles y solos en medio de la nada. Ya resignado mataba el tiempo rayando las paredes de una parada de bus con una piedra, todavía recuerdo que escribí nuestros nombres y junto a un CBA ARG 2013.  Ya casi nadie andaba por esos pagos. Ese podría haber sido el final del viaje aventurero y no había alternativa visible.

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Hasta que se escuchó un sonido salvador, aquél rugido de unas pastillas de freno apretando los neumáticos contra el asfalto, era una lujuriosa camioneta de color bordó, ubicada al costado de la ruta con las balizas encendidas. El conductor escuchaba música clásica a todo volumen, fue presenciar una escena digna de un rodaje. El alma súbitamente volvió a nosotros al subirnos al coche. Acompañados por Mr. Bobby las 5 restantes horas se hicieron más que placenteras. Sin prejuzgar, si el señor que nos llevó no estaba vinculado al mundo de los narcos,  la pelota pega en el palo, quedamos impresionados con su forma de hablar e intimidar a los controles militares.

Luego de semejante espera habíamos casi llegado. Veinte kilómetros restaban hacia nuestro destino final del día, “a piece of cake”, nada comparado a los 750 recorridos en menos 48 horas.  Podemos reconocer como consejo maternal al “nunca hagas dedo de noche” porque sabés que siempre tu madre tiene razón y cuando sufres la caída de temperatura maldices por no haber llevado ese abrigo. A los pibes no les importo nada y levantaron una vez más el dedito ya sin nuestro sol iluminando la ruta y afortunadamente anticipándome al relato, puedo decir que  el final fue feliz aunque pudo no haberlo sido. Ahora sé que mamá tenía razón.

Un señor originario descendiente de aztecas, un poco aficionado, si lo miras con un ojo, a las bebidas alcohólicas,  se dispuso a transportarnos en su pequeña camioneta en la que llevaba a su familia hasta Palenque. Fueron 20 kilómetros temerarios. Las acusaciones de homosexualidad y los chistes sobre fútbol parecían divertirlo en un principio, pero cuándo empezó a emitir sonidos de su boca que no entendíamos suponiendo que era lenguaje nativo empezamos a desconfiar un poco de su comportamiento.

Comenzó a pasearnos por un lugar que no conocíamos con excusas demasiado estúpidas, la cosa se puso complicada. Repentinamente, luego de aparcar en un estacionamiento en pequeña ciudad de Palenque empezó a pedirnos dinero a cambio de llevarnos. Debo admitir que teníamos mucho miedo, pero no sé de qué manera ni con que coraje le hicimos frente a la situación y nos negamos frente a la mirada perpleja de su esposa y su hijita que nada decían. Fueron minutos de tensión a los que tuvimos que ceder y terminamos pagándole para que nos lleve al Pan-Chan sitio de albergues y campings en medio de la selva del que tanto habíamos recibido recomendaciones. La pesadilla había terminado y la tormenta metafórica también, porque el temporal había empezado para quedarse de forma literal, largos días de lluvias nos esperaban. Al bajarnos de la camioneta, la niña me llamó y en secreto me devolvió de su billetera la plata que su padre me había sacado. Nos deseó buena suerte mientras la miraba boquiabierto ante semejante acción de bondad.

Y una vez más, llegábamos a un nuevo lugar desconocido, que nos recibió y despidió con lluvias, dónde nos vimos forzados a aprender a hacer fuego con leña mojada, dónde visitamos las ruinas de Palenque que realmente nos maravillaron al saber que una civilización se desarrolló en medio de la jungla hace miles de años. Aunque como siempre dispuestos a un poquito más de aventura, cruzamos el vallado y nos adentramos dentro de la jungla acompañados de los fuertes rugidos de los monos aulladores. Conocimos un lugar impensado pero real, durmiendo en carpa bajo la lluvia, comiendo fideos y/o arroz condimentado con ajo, nuestro gran amigo y acompañante de viaje. A decir verdadno estábamos tan solos, teníamos alguien que nos acompañaba todos los días, una pequeña amiga que vivía en el sanitario a la que le gustaba hacernos cagar hasta las patas y justo en el baño, valga la redundancia.

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Sinceramente no fue fácil llegar, sin embargo se disfrutó muchísimo de todos los momentos, los buenos y los malos, fuimos víctimas voluntarias de una nueva experiencia totalmente enriquecedora para nuestras vidas, simplemente porque ACEPTÁBAMOS la realidad, aceptábamos ciegamente lo que se nos ponía en frente y queríamos estar en esa situación. Porque cuando nos fuimos del Caribe,  sabíamos que abandonábamos la pura vida, buscándole exprimir el jugo a la aventura. Rompimos nuestra zona de confort y nos encaminamos en busca de historias y anécdotas que luego pudieran ser contadas. Movimos un poco las estanterías de nuestras mentes, sacudimos el polvo de nuestras cabezas y pusimos en movimiento nuestro cuerpo. Porque viajar es simple, cuando uno no se reprocha nada de lo que le sucede, porque en una sencilla conclusión, todo lo que te pasa desde que decidís dejar tu hogar, es lo que salís a buscar.

 

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Finalmente, seguimos camino hacia las montañas sureñas en rumbo hacia el Océano Pacífico, la tierra del surf, sin saber que un antiguo gran emperador de estas tierras nos tenía preparada una sorpresita, para la cual valdrá la pena leer la tercera de estas queridas memorias de un viaje.

Seguramente miles de pequeñas y grandes cosas quedan por contar, pero a veces los detalles no caben en palabras. La aventura sigue todos los días, horas, minutos y segundos de tu vida, de la mía y de la de todos los seres que están a tu alrededor exactamente ahora. Todos nuestros caminos son sinuosos e interesantes, cada uno brilla con su propia luz, eso puedo asegurarlo.

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5 comentarios sobre “Memorias de un viaje. Parte II: Rompiendo la zona de comfort.

  1. Chicho, Mauri, coquinauta, cuantas personas estaban dentro d vos, viviendo minuto a minuto toda esta experiencia maravillosa. Como distintos personajes actuaste lo mejor de tus veinte y cuando lo dupliques estarán fundidos en uno solo. Me encanto saber q subiste en bici y con adrenalina bajaste, eso quiere decir q el meditar t potencio, t energizo…la pucha…tan chiquito y tan filósofo m resultó el Chicho. La conversa del aeropuerto estuvo muy buena, m hubiese gustado seguirla, t saqué la ficha enseguida, es libre….piensa sin filtro…siento con el alma….nos debemos unos mates con peperina ah!!! bsots Mauri. Ale

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  2. Hola Ale!! Ya vagueando por mis pagos te agradezco por las charlas y tener la gran memoria para recordar la pagina, econtrarla y darme el gusto de quitarte un poquito de tiempo para leer mis escritos!!
    Espero que andés muy bien.
    Mauri

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  3. Hola Chicho, soy Ale, t conocí en el aeropuerto de Dallas, y me encantó q no hayas perdido ese acento cordobés. Tu derrotero fue fascinante, me imagino q ver a baires cambiada fue un flash y q no t hayas confundido los pesos mexicanos con los argentinos. Si lamento q no t quisiste sentar conmigo, xq la charla estaba interesante, pero bueh, vos t lo perdiste!!!! mira q hacia frío y yo tenía dos mantitas…pero el culeao me arrugó!!!! no se x donde andarás ahora, si ya estas en Córdoba o saliste de caravana aquí. Pero espero q leas esto y m escribas unas líneas si? t mando un beso Mauri!
    Ale

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